Hijo de un padre dedicado a la producción cinematográfica, Elizondo incurre por primera vez en el arte del microcine con esta pieza de unos 23 minutos totales de duración, donde figura una imagen de la primera Europa industrial, de aquel París que acudió por primera vez en el mundo al espectáculo de la difusión urbana de la luz eléctrica, al furor de las invenciones inverosímiles que le aseguraban al hombre su participación en una irrefrenable carrera de progreso y desarrollo lineal, siempre hacia más, siempre del primitivismo a la organización utópica y perfecta, llena de comodidades, lujos y realizaciones de la mente y la sensibilidad humanas.
"Se le tomaba el gusto a la velocidad y al peligro. Cada vez más rápido", dice el texto del cortometraje.
Pero cualquier hijo del "progreso" con dos dedos de frente sabe que la promesa de la perfecta urbanización, la utopía de la cosmópolis mundial encierra en sí misma no sólo imágenes de placer sino también graves contradicciones y gestos de alteración del equilibrio entre el hombre y el entorno, entre la conciencia racional y los impulsos imprecisos, las intuiciones, las culturas arraigadas en la creencia de que el mundo se configura conforme a pulsiones mágicas y poderosas, el primitivismo desprovisto de potencias tecnológicas pero a la vez portador de una sabiduría incuestionable en cuanto a la relación armónica con el entorno, etcétera.
¿Qué es la ética para un hombre que aparentemente carece de toda limitación material? La tecnología no sólo produce edificios de fraternidad, sino también pesadillas, y los sueños de la razón, se sabe, engendran monstruos. También la vigilancia, la paranoia, el odio, la persecución, la destrucción, el envilecimiento, la degradación y la tortura participan de la opulencia tecnológica.
"La bujía se apagó...".
Nada es sencillo, nada es transparente en esta mirada oblicua del afectado Salvador Elizondo, quien trabajó como guionista y director de la presente película. Un excelente texto rítmico y a ratos vertiginoso (que rinde homenaje a la poesía y prosa francesas, cargándose con ecos de Baudelaire, Lautréamont, Breton, etcétera), y escogidas imágenes de época hacen de esta pieza de microcine un trabajo sólido de extraña fascinación completamente vigente.
(La tercera parte la pego como link porque no pude hacerlo de forma decente: http://www.youtube.com/watch?v=H_9mWF1jwA0)
¡Orale! No le entendí :(
ResponderEliminarPero supongo que tampoco hay mucho que entenderle; a Elizondo, más que entenderle, hay que interpretarlo.
Sean felices amig@s :)
Yo lo leo como la pesadilla que se desliza del bien hacia el mal. Empieza promoviendo la felicidad de París 1900 y termina en la profundidad de la tristeza y el dolor. "No se puede", "es imposible huir".
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