lunes, 27 de junio de 2011

Hasta los huesos (2002)

René Castillo es el director de esta pieza mexicana de stop-motion.
Vemos en ella una anécdota que se inserta en el contexto mexicano del tequila, la soldadera, el cempasúchitl, el goce del cuerpo, la algarabía, la solidaridad que cae en bulla, la canción ranchera, la serpiente emplumada, las calaveras que salen cada dos de noviembre a comer su pan, tomar su atole y cantar su canción, una arraigada nostalgi que se matiza a la vez en placer, etcétera.
Somos la era del cliché y de la falsa liberación de la mente y los sentidos; de las tradiciones difuminadas por el escándalo cotidiano y por el espectáculo invasivo del mundo vertiginoso. ¿Quién sabe lo que fuimos verdaderamente? ¿Quién se obstina en saberlo? ¿Quién cede a la seducción de la tecnología y el espectáculo sin oponer contradicción, crisis alguna?
México se diluye y se actualiza, se conserva y se multiplica ante el devenir hiperurbano del mundo de una y otra y otra y todas maneras (desde la distancia que corre de las colonias Polanco y Narvarte, "actualizadas", al universo mágico y confuso de Xochimilco y Tláhuac, por hablar con el centro el corazón de la Ciudad de México exclusivamente) impredecibles, imaginables, criminales, tediosas e inimaginables.

Un ritual de muerte para ciertos ánimos y ciertos ambientes culturales (no se sabe si nacionales: ¿qué claridad nos es permitida al hablar de lo nacional?), sin embargo,  puede convertirse en una fiesta de vida como en el principio de los tiempos. En algunas ocasiones, con los elementos adecuados (y esto es una confrontación), un deceso no es una disminución.

Enhorabuena por este trabajo que no es ninguna de estas cosas, probablemente, y sí un conmovedor cuento que cierra todas sus piezas antes de despedirse.

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